Una trama de negligencia corporativa, zonas liberadas y complicidad implícita quedó al descubierto tras el histórico fallo judicial que obliga a una de las entidades bancarias más importantes del país a pagar más de 28 millones de pesos a una clienta. Lo que el banco intentó catalogar como un “hecho aislado de inseguridad en la vía pública”, una minuciosa investigación judicial demostró que fue una verdadera cacería humana planificada desde las entrañas de la propia sucursal de Palermo. El caso penal y civil reconstruyó minuto a minuto la odisea de la víctima. Tras realizar una operación de alta suma en las cajas principales, la mujer se retiró de la sucursal creyendo estar a salvo. Sin embargo, los peritajes tecnológicos y el cruce de antenas telefónicas revelaron el modus operandi: la información confidencial de la transacción se filtró en tiempo real. Apenas seis cuadras separaron la salida del banco del ataque de los motochorros. Para los jueces, la distancia no diluyó la responsabilidad de la entidad. Los delincuentes no adivinaron el botín; contaban con datos precisos que solo pudieron salir del entorno del búnker financiero. Durante meses, el equipo de abogados del banco desplegó una agresiva estrategia de defensa basada en un vacío técnico: argumentaban que, al haber ocurrido el asalto a 600 metros del edificio, el deber de custodia de la empresa ya había cesado. La investigación judicial derribó esta coartada al aplicar la Ley de Defensa del Consumidor. El fallo sentó un precedente demoledor: el servicio del banco no termina cuando el cliente cruza la puerta giratoria. Si la vulnerabilidad del sistema de seguridad de la sucursal originó el riesgo (la filtración de datos o la falta de privacidad en las cajas), el banco es responsable del desenlace, aunque este ocurra a cuadras de distancia. El veredicto abre un nuevo escenario para millones de usuarios en Argentina. La seguridad bancaria ya no puede ser un decorado de cámaras fijas y custodios distraídos; a partir de este fallo, cada filtración, cada mirada indiscreta en la línea de cajas y cada salidera marcará el inicio de una millonaria cuenta regresiva en contra del poder financiero.