El día después de la lealtad Peronista, donde la verdadera obsesión no es la unidad, sino quién se queda con la lapicera
El día después del Día de la Lealtad funciona como la mística colectiva cede el paso de inmediato a una descarnada guerra de posiciones y la conducción de cara al horizonte electoral.
de la Redacción
La paradoja del peronismo actual radica en que la palabra “unidad” se ha transformado en un fetiche discursivo, un mantra que todos repiten en el escenario pero que se desintegra apenas se apagan los micrófonos. Axel Kicillof copó La Matanza plantándose dispuesto a “poner el cuerpo” y liderar la alternativa opositora, tejiendo un armado que busca trascender las fronteras del kirchnerismo tradicional pero cuidando de no romper los puentes institucionales. Sectores alineados con La Cámpora y Máximo Kirchner se replegaron en Chaco y en la militancia apostada frente a la prisión domiciliaria de Cristina Fernández de Kirchner en Constitución, elevando el tono de la confrontación interna y advirtiendo que la unidad “no puede ser un mero amontonamiento de dirigentes” sin doctrina clara. Otros actores de peso, como Sergio Massa, optaron por el repliegue estratégico y los mensajes en redes sociales, apostando a que el desgaste mutuo de las facciones mayoritarias los vuelva indispensables para una eventual síntesis ordenadora. Si la proclamada vocación de poder no logra domesticar los egos y las vanidades, la declamada unidad seguirá siendo solo una consigna vacía de contenido. El verdadero desafío del peronismo no es cómo llenar plazas un 17 de octubre, sino cómo evitar destruirse el 18, reconociendo que sin una conducción legitimada y un candidato competitivo, la mística histórica corre el riesgo de convertirse en el ropaje de una derrota anunciada.


